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¿NECESITAN LOS PERROS HACER TANTO EJERCICIO?

¿Necesitan los perros tanto ejercicio como nos han hecho creer?

Uno de los consejos más repetidos en el mundo canino es que los perros necesitan mucho ejercicio para estar equilibrados.

Si un perro está nervioso, se recomienda cansarlo.

Si tira de la correa, más ejercicio.

Si ladra demasiado, más ejercicio.

Si parece inquieto, más ejercicio.

Durante años se ha extendido la idea de que el cansancio físico es la solución a gran parte de los problemas de comportamiento. Sin embargo, la experiencia práctica con cientos de perros y familias nos lleva a reflexionar sobre una cuestión importante:

¿Y si en muchos casos estamos confundiendo las necesidades reales del perro con nuestras propias creencias sobre cómo debería gastar energía?

Quizá la pregunta no sea cuánto ejercicio necesita un perro, sino qué tipo de actividad necesita realmente para sentirse bien.

 

El ejercicio no es bueno por definición

Cuando hablamos de ejercicio físico solemos asumir automáticamente que cuanto más mejor.

Sin embargo, igual que ocurre con las personas, el ejercicio solo es beneficioso cuando existe una necesidad real y se realiza de forma adecuada.

Hacer poco ejercicio puede ser perjudicial.

Pero hacer demasiado también.

La intensidad, la frecuencia, la edad del perro, su estado emocional, sus características físicas y su situación particular son factores que deberían tenerse en cuenta antes de establecer cualquier rutina.

Por desgracia, muchas actividades que realizamos habitualmente con nuestros perros suelen estar guiadas más por modas o creencias populares que por las necesidades reales del animal.

Lanzamientos repetitivos de pelota.

Carreras de larga duración.

Sesiones intensas de bicicleta.

Patines.

Juegos extremadamente excitantes.

Actividades que, en muchas ocasiones, son decididas por el humano y no por el perro.

 

La diferencia entre ejercicio libre y ejercicio inducido

Existe una diferencia importante entre el ejercicio que el perro decide realizar por iniciativa propia y el ejercicio provocado directamente por nosotros.

Cuando un perro dispone de libertad para explorar un entorno seguro, suele alternar diferentes comportamientos:

  • Caminar.
  • Olfatear.
  • Observar.
  • Descansar.
  • Interactuar con otros perros.
  • Correr ocasionalmente.
  • Jugar durante algunos momentos.

Todo ello ocurre de forma natural y autorregulada.

El perro decide cuándo aumentar la intensidad y cuándo reducirla.

Decide cuándo parar.

Decide cuánto tiempo quiere mantener una actividad.

Sin embargo, cuando aparece el ejercicio inducido, la situación cambia.

Somos nosotros quienes marcamos el ritmo.

Somos nosotros quienes decidimos la duración.

Somos nosotros quienes aumentamos la intensidad.

Y muchas veces el perro continúa participando porque la actividad genera una elevada activación emocional, no necesariamente porque su cuerpo necesite seguir realizándola.

 

¿Por qué las pelotas generan tanta controversia?

La pelota probablemente sea uno de los ejemplos más conocidos.

Muchos perros desarrollan una enorme motivación hacia este tipo de juego.

A simple vista parece una actividad fantástica:

El perro corre.

Se mueve.

Parece divertirse.

Regresa rápidamente para repetir.

Pero detrás de esa imagen pueden existir algunos aspectos que merece la pena analizar.

En numerosos casos el perro entra en un estado de activación muy elevado.

Su atención se focaliza por completo en el objeto.

Aparecen conductas compulsivas.

Aumenta la tensión muscular.

Y el deseo de repetir el lanzamiento puede volverse prácticamente inagotable.

El problema es que solemos interpretar esta motivación extrema como una señal inequívoca de bienestar.

Sin embargo, no siempre es así.

Muchas actividades altamente estimulantes generan respuestas similares a las que observamos en otros procesos relacionados con la excitación y el estrés.

Por eso resulta importante diferenciar entre diversión saludable y activación excesiva.

 

Los perros no hacen maratones

Cuando observamos a perros interactuando libremente entre ellos, encontramos un patrón muy diferente al que solemos imponer los humanos.

Los perros corren.

Por supuesto que corren.

Pero normalmente lo hacen durante periodos cortos.

Alternan momentos de intensidad con pausas.

Cambian constantemente de actividad.

Se persiguen.

Descansan.

Vuelven a jugar.

Olfatean.

Exploran.

Y vuelven a moverse cuando les apetece.

Su comportamiento natural rara vez consiste en mantener una actividad física intensa durante treinta o cuarenta minutos seguidos.

Sin embargo, muchas de las rutinas modernas de ejercicio canino se basan precisamente en eso.

Carreras continuadas.

Kilómetros de bicicleta.

Lanzamientos repetitivos durante largos periodos.

Sesiones estructuradas donde el perro apenas tiene capacidad para decidir.

Esto no significa que ningún perro pueda disfrutar de determinadas actividades deportivas junto a su familia.

Significa que debemos preguntarnos si esa actividad responde realmente a sus necesidades o a nuestras expectativas.

 

El mito del perro cansado

Existe otra idea muy arraigada: un perro cansado es un perro equilibrado.

Y aunque el cansancio puede reducir temporalmente algunas conductas, no necesariamente mejora el bienestar emocional.

De hecho, cansancio y equilibrio son conceptos completamente distintos.

Un perro agotado puede mostrarse más tranquilo simplemente porque tiene menos energía para reaccionar.

Pero eso no significa que haya aprendido a gestionar mejor el entorno.

No significa que se sienta más seguro.

No significa que haya desarrollado un mayor autocontrol.

El cansancio es un estado fisiológico.

El equilibrio emocional es otra cosa.

Si observamos a las personas, resulta fácil comprenderlo.

Cuando estamos extremadamente cansados solemos tener menos paciencia, menos capacidad de concentración y menos recursos para afrontar situaciones complejas.

Con los perros puede ocurrir algo parecido.

 

El cuerpo se adapta al ejercicio

Otro aspecto que rara vez se menciona es que el organismo desarrolla tolerancia al ejercicio.

Cuanto más acostumbrado está un perro a determinadas rutinas físicas, mayor capacidad desarrolla para realizarlas.

Esto significa que la estrategia de «cansarlo» puede convertirse en una carrera sin meta.

Lo que inicialmente parecía suficiente deja de serlo.

Necesitamos más tiempo.

Más intensidad.

Más distancia.

Más repeticiones.

Y aun así el perro sigue mostrando los mismos comportamientos que pretendíamos solucionar.

Porque en muchas ocasiones el problema original no estaba relacionado con una falta de ejercicio.

 

Cuando el problema es emocional y no físico

Muchos comportamientos que solemos atribuir a un supuesto exceso de energía tienen en realidad un importante componente emocional.

Perros que ladran constantemente.

Perros reactivos.

Perros impulsivos.

Perros incapaces de relajarse.

Perros obsesionados con determinados estímulos.

En numerosas ocasiones el origen está relacionado con niveles elevados de estrés, frustración o activación emocional.

Si utilizamos más ejercicio intenso como solución, corremos el riesgo de alimentar precisamente el estado que queremos reducir.

Por eso cada vez más profesionales ponen el foco en aspectos que tradicionalmente han recibido menos atención:

  • El descanso.
  • La calma.
  • La exploración libre.
  • El enriquecimiento ambiental.
  • El olfato.
  • La capacidad de elección.
  • La gestión emocional.

El mejor ejercicio puede ser la libertad de elegir

Cuando soltamos a un perro en un entorno seguro y adecuado suele ocurrir algo interesante.

No todos los días hace lo mismo.

Hay días en los que corre más.

Hay días en los que apenas corre.

Hay días en los que juega intensamente.

Otros en los que dedica gran parte del tiempo a olfatear.

Y eso es precisamente lo que cabría esperar de un ser vivo con necesidades cambiantes.

Los perros jóvenes suelen mostrar más interés por el juego físico.

Los adultos suelen equilibrar mejor actividad y descanso.

Los perros mayores reducen naturalmente la intensidad.

Cuando permitimos que el propio perro participe en estas decisiones, es mucho más probable que la actividad se ajuste a lo que realmente necesita en cada momento.

 

¿Y qué pasa con los llamados perros enérgicos?

Quizá uno de los términos más utilizados y peor comprendidos sea el de «perro enérgico».

Muchas veces etiquetamos así a perros que viven en estados de activación elevados de forma habitual.

Pero conviene preguntarse algo.

Si ese mismo perro pudiera pasear relajado, explorar con calma y gestionar mejor sus emociones, ¿seguiríamos definiéndolo como un perro enérgico?

En algunos casos sí.

Por supuesto que existen diferencias individuales.

Pero en muchos otros descubrimos que detrás de la supuesta energía inagotable existe simplemente un perro acostumbrado a vivir constantemente activado.

 

Una reflexión final

Los perros necesitan movimiento.

Necesitan actividad física.

Necesitan oportunidades para correr, jugar y desarrollar sus capacidades naturales.

Pero eso no significa que necesiten sesiones interminables de ejercicio inducido ni que el cansancio sea el objetivo principal de cada paseo.

Quizá la verdadera pregunta no sea cuánto ejercicio necesita nuestro perro, sino cuánto espacio le damos para decidir por sí mismo cuándo quiere moverse, cuánto quiere correr y cuándo simplemente quiere parar a observar el mundo.

Porque muchas veces el mejor ejercicio no es el que imponemos.

Es el que el propio perro elige realizar cuando tiene la oportunidad de hacerlo.

Y quizás ahí se encuentre una de las claves más importantes para su bienestar físico y emocional.

 

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